MI MEJOR ERROR

Es cierto que de tus entrada y salidas por mi vida, aprendí a base de sangrar, todo lo que no hay que hacer, si no quieres que se te esguince el alma.
Pero aun así contigo me equivocaría otra vez.
Fuiste la estupidez perfecta, la muestra física de mi tontura crónica, el testigo directo de la locura con la que a veces puede llegar a latir un corazón.
Lo hicimos mal, muy mal, terroríficamente mal. Puedo afirmar ahora que ya han cicatrizado las heridas.
Y me pregunto:
¿Cómo podía saber tan dulce un error tan amargo?
¿Quizás yo me enamore con prisas y tú te apagases sin llama?
Y así las preguntas se suman a infinito, hasta que caigo en la cuenta que hoy por hoy los “quizás” no tiene mucho sentido.
Lo que pasa es que en el fondo me gusta regodearme en mi error, es la escusa perfecta para pensarte. Sería el colmo de la necedad, el tener que recordarte sin escusas.
Por mucho tiempo que pase hay llagas que no se olvidan, aunque ya no escuezan de la misma forma.
Al fin de cuentas la distancia, sirve para coger perspectiva.
Y la lluvia para borrar el camino que me conducía en línea curva directamente a tu cama.
“Una suerte” Me digo en voz baja, mientras me invento razones para engañar a mis ganas y sin en cambio como una hambrienta voy buscando las manzanas prohibidas, que sobraron del paraíso, cuando nos expulsaron.
Que contradicción, el tener que caminar ahora cojeando por los senderos del corazón, a causa de tus heridas y sin embargo cometería las mismas estupideces, una a una y por el mismo orden.
No puedo evitar el mal vicio, de desandar todos los pasos para volver a tu sutil reflejo que hierve en mi memoria. Es por la inercia de la tontura, que me empuja a callejones sin salida.
Y aun así, se ha ciencia cierta, sin más mentiras, desde esta aburrida perspectiva, que….
Fuiste mi mejor error.
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Martiña -